Lalibela: Iglesia Yemrehana Krestos

De todos los monumentos que se pueden visitar unos de los más famosos es la iglesia de Yemrehanna Krestos, situada a unos 42 kilómetros al norte de Lalibela. Abby, el guía del día anterior, carecía de coche así que había que buscar ayuda en las agencias locales. Highland Eco Trekking Tours Ethiopia resultó la más barata, pero aún así, su precio se mostraba prohibitivo, 90€ por una visita en acompañado de otros seis viajeros. Había que seguir, buscando algo más flexible que el encorsetado viaje en minibús.

De vuelta al hotel, dominando la calle principal en busca de turistas, apareció de nuevo Abby.

– Abby, deseo ir a Yemrehana Krestos mañana pero no me acaba de convencer los viajes que ofertan. Busco algo más flexible, visitar pequeñas aldeas por el camino, ya sabes.

Como si fuera el mismisimo Morfeo, se giró, alzó la mano y una pickup se detuvo frente a sus pies.

– 30€, coche conductor y guía. Además podemos visitar algunas poblaciones durante el camino, ¿le parece bien?- preguntó Abby.
– Genial, compañero.

El camino a Yemrehana Krestos transcurre por una sinuosa carretera de tierra. Sorteando los charcos de agua, los niños acompañan al ganado engalanados con el sombrero tradicional. Al fondo, en las colinas, el inmenso verde de las praderas es salpicado ocasionalmete por casas de adobe. Cada cinco kilómetros los ingenieros chinos paran el tráfico. Están construyendo su propio imperio en África a base de inversiones públicas en carreteras.

La iglesia de Yemrehana Krestos se inició, entre los siglos XI y XII, por el rey del mismo nombre. Está situada en el interior de una cueva en medio de un ambiente forestal. Su construcción de estilo axumita, está realizada en marmol y madera de credro libanés. En su interior unas pocas cruces que hacen de ventanales dejan entrar unos pocos rayos de luz. La parca decoración, la humedad y la oscuridad no hacen del interior del edificio un sitio muy confortable, más aún, si antes se ha contemplado el repositorio de miles de momias apiladas que yace al final de la cueva. Peregrinos que decidieron pasar su posteridad cerca sus ancestros.

Abandonada la iglesia, ahora restaba disfrutar del calor de la hospitalidad etíope y visitar algunas aldeas del trayecto. El plan no fue más allá de tres curvas. En mitad de la carretera, la muchedumbre se aplilaba y el coche tuvo que deternerse. La razón era sencilla, una anciana había caído y parte de su fémur restaba a la vista de los presentes.

– La mujer ha caído señor y me comentan que ya que vamos a Lalibela, si podríamos llevarla.
– Por supuesto, Abby.

El conductor se negó a alojar a la anciana en el interior del vehículo, váyase que pudiese vomitar y ensuciarle el coche. La algarabía reposó a la mujer en la caja trasera de la pickup. Junto a ella, su hijo y un longevo marido castigado por los años. Desde el interior del coche, a través de la ventana, no podía dejar de preocuparme por esa señora. Arduamente contenía el dolor, mientras su marido, bache tras bache, no dejaba de apretar su mano. La ternura de esa pareja conquistaba la aspereza del camino.

Al llegar al hospital, un cansado enfermero acudía con una vieja litera de madera. Entonces, la anciana relajó su cigomático y tras acariciar mis manos suavemente dejó aparecer una humilde sonrisa, al mismo tiempo que su marido balanceaba su cabeza en señal de gratitud.

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