Lalibela: Monte Cassin

La humedad del ambiente requería algún que otro respiro, pero quejarse parecía obsceno, al observar como las ancianas subían el mismo camino cargadas de leña y alimentos. Era época de lluvias, el verde intenso embellecía el paisaje pero la densa niebla reducía a cien metros el espectáculo. Al llegar a la cumbre, las vistas premiaban el esfuerzo. La niebla desapareció y Lalibela se mostraba en silencio rodeada de una belleza que se perdía en el horizonte. Tener contacto con los turístas significa dinero. Abby era un chico afortunado entre sus vecinos, no tenia el calzado nacional de África, las típicas chanclas de plástico chinas. Llevaba unas aparatosas botas de piel, que debido al calor, no eran la opción más recomendable. Cansado de ver como las botas se hundían en el barro del camino, me preguntó: «¿Bajamos?». Por desgracia para él la respuesta no fue positiva. Habían aldeas esparcidas a lo largo de la montaña y la oportunidad de contemplar la vida diaria de esos campensinos se hacía irresistible. Como si de amigos de toda la vida se tratara, un campensino nos invitó a su casa a tomar café.

La planta del café, el cafeto es un arbusto que se cultiva en las latitudes cercanas al ecuador. El grano de café, tal y como lo conocemos es la semilla que se encuentran dentro del fruto. En Etiopía y gracias a la altura de su altiplano, se cultiva el café de más calidad, el café arábico. La ceremonia del café en Etiopía es un rito ancestral utilizado socialmente como un acontecimiento especial. La mujer es la encargada de dirigir la ceremonia. Semillas verdes se tuestan lentamente en una sartén de hierro. Una vez alcanzado el color oscuro y activado el aroma se muelen en un mortero estrecho de madera. El café molido se mezcla con agua y se añade a una cafetera de barro llamada jebena. Depositada en las brasas, el café es servido a los visitantes en una tazas sin asas denominadas cinis.

La casa estaba divididas en dos edificios, un gran establo de madera para las bestias y una pequeña chabola de adobe cubierta de paja. Al entrar dentro de la casa una mujer nos saludó con una tímida sonrisa. A la izquierda había una cama hecha de piedra. Según me explicaban, sobre ella se ponían unas jarapas gordas que impedían el contacto directo con los huesos. Al fondo se divisaban unas grandes tinajas donde supuestamente se guardaba la cosecha y a la derecha, tres piedras en el suelo rodeaban el fuego.

La joven mujer de la aldea estaba de cuclillas, tostando los granos de café con suaves movimientos, miestras su vástago dormía en el capazo que portaba colgado de su espalda. Siempre he visto con malos ojos aquellos turistas que se pasean por África entregando ropa usada desde la ventanilla del coche y lanzando caramelos a los niños, como si fueran los mismísimos Reyes Magos. Aquella mujer iba a perforar mi burquesa ética. Me despojé de las dos térmicas interiores que llevaba, quedándome simplemente con una chaqueta azul de plumas. Su camiseta blanca repleta de agujeros, pero sobretodo sus pies delcalzos unidos a la gélida tierra penetraban en mi duro corazón como si de un novato viajero se tratara. Ella aceptó el regalo y tras doblarlo con delicadeza lo posó encima de una tinaja, quizás para su marido.

-¿Quieres cerveza? – preguntó el campensino.

Seguro que aquella cerveza artesanal fresquita hubiera sido espectacular, pero no creo que mi delicado estómago occidental la hubiera soportado amablemente. Tras el dulce café arábigo la mujer nos ofreció de comer el típico pan etíope, la injera. En este caso, no había ni pollo, ni ternera, ni verduras como se ofrece habitualmente en los restaurantes turísticos. Unos polvos rojos y picantes condimentaban escualidamente la fermentada masa.

Abandoné la compañía de mis sonrientes nuevos amigos, pagando de una forma agradecida por la comida que nos habían servido.

– ¿Abby, esta gente es bastante pobre, verdad?
– No, señor. Son campesinos y tienen tierras suficientes para que no les falte injera.
– ¿Qué sucede cuando un vecino no puede pagarse un trozo de injera?
– Las personas que no tienen comida, pueden ir a un centro del gobierno que existe en el pueblo. Allí viven huérfanos y personas que no tienen dinero para comer.
– ¿Qué te parece si visitamos ese centro esta tarde?
– No, señor. Puedo enseñarle donde está, pero yo no voy a entrar ahí, demasiadas enfermedades.
– ¿Entonces, quieres decir que si no puedes alimentarte te arriesgas a contraer alguna enfermedad contagiosa?
– Si, señor.
– Y el gobierno no puede solucionar esta situación.
– El gobierno señor, hace lo que puede.

Es duro acostumbrarse a esa mentalidad, de aquellos, que rozando la supervivencia a diario, ven con condescendencia la inacción voluntaria de sus gobernantes.

La llanura que se genera en la cima esta llena de pequeños terrenos cultivados donde mujeres y niños plantan el cereal introduciendo sus duras manos en la húmeda tierra. Grano a grano, apuñalan la tierra con la satisfacción de sentirse afortunados por ser agricultores.

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