Bahir Dar, el peor día en África

¿Con agua o sin agua?. La pregunta era sencilla, solo quería saber si el batido de aguacate tenía agua procedente de un grifo. En cambio, para el ciudadano amhara, quizás la pregunta no tenía mucho sentido. ¿Por qué iba a tener agua un batido de frutas? A veces, las diferencias culturales pueden ser abismos, pero una gran sonrisa entre ambos finalizó la deriva kafkiana, el batido solo tenía fruta. Fruta que solo puedes encontrar en los llamados eufemísticamente países en desarrollo. Entré en ese bar de la capital en la región de los Amhara refugiándome de una fuerte tormenta tropical.

Bahir Dar era uno de los destinos principales de mi viaje, por ser uno de los dos lugares donde se sitúan las fuentes del Nilo, en este caso, las fuentes del Nilo Azul. Las cataratas que se forman a partir del lago son conocidas en amárico como Tis Abay  que significa, agua humeante. El primer europeo en visitarlas, fue el jesuita español Pedro Páez en el año 1618, durante una misión a Etiopía, con el objetivo de convencer al emperador etíope de convertirse a la fe católica. Por desgracia, el misionero no pertenecía a la Sociedad Geográfica de Londres y su descubrimiento a diferencia de Speke, que descubrió las fuentes del Nilo Blanco, no ha sido objeto de muchas biografías. Las cataratas tienen un salto de agua de 35 metros y es el punto de salida de las aguas del lago Tana, el lago más grande de Etiopía.

Durante la mañana había contratado en el hostel una visita en barca por algunos de los monasterios ortodoxos que se encontraban en las islas del lago Tana. Estos monasterios fueron construidos en el siglo XIV por ermitaños cristianos que buscaban un sitio tranquilo para la meditación. El más bonito es sin duda el monasterio Ura Kidane Mehret, en la península de Zege. Construido en el siglo XVI y pintado entre los siglos XVIII y XIX, en su interior existen una multitud de murales que escenifican la historia sagrada de la cristiandad.

Indiferentemente de la raza, sexo o nación, pienso que todas las personas podríamos estar divididas en tan solo dos grupos: aquellos que se comen el chocolate primero y dejan el pan para el final y otros que gustan de saborear el chocolate para deleitarse en ese último mordisco. Yo, soy de los segundos, y poco a poco, saboreaba con placer el maravilloso batido de aguacate que me había preparado el propietario del bar entre las cuatro sillas de plástico de Coca-Cola.

“Es quizás el mejor batido de aguacate que he probado, así que mañana volveré.”  espeté con gran sonrisa. “Mañana mejor no vengas, hay una manifestación y no es un buen día para visitar el centro.” me respondió. Una manifestación en África no deja de tener su atractivo pensé.

Al volver al hostel parecía que había pasado un huracán, todo eran caras serias y pronto me di cuenta que el motivo era la manifestación del día siguiente. Al parecer, en la ciudad vecina de Gondar, el ejército había reprimido con dureza a los manifestantes y la ciudad de Bahir Dar se preparaba para un escenario de protestas. Lo cierto es que en estos países y debido a la desinformación interesada que tenemos, es bastante complicado saber quiénes son realmente los buenos y quiénes son los malos. Aquellos chicos locales que disfrutaban del fresco de la noche en el patio del hostel se mostraban preocupados, no paraban de recibir llamadas de sus familiares para pedirles que no acudieran al evento.

Al alba, una muchedumbre ruidosa parecía haber conquistado las calles. Recordé por momentos aquellos años en Dublín, cuando los aficionados irlandeses de fútbol gaélico acudían al Croke Park entre banderas y cánticos matinales. Eran las siete de la mañana y la curiosidad por observar aquel jolgorio pensé que podía esperar. ¿Quién ha dicho que hay que madrugar para ir a una manifestación?. Pero llegó el momento, en que las explosiones de júbilo local dejaron de ser compatibles con el sueño. Había que levantarse.

De repente, se escuchó el primer disparo. No era el sonido grave y retumbo de las escopetas de goma. Era un ruido seco y corto. Al salir de la habitación, las miradas de los turistas que nos encontrábamos en el patio del hostel eran de asombro. Los disparos se repetían una y otra vez y los cánticos se habían desvanecido.

Las primeras informaciones de lo sucedido nos llegaron por parte de vecinos que se refugiaban en los espacios de un hostel repleto de turistas. Al parecer un grupo de manifestantes había intentado subir al tejado de un edificio gubernamental y arriar la bandera nacional. El ejército respondió disparando indiscriminadamente contra los manifestantes. La cosa era seria.

La mañana se presentaba larga y solo el maravilloso café etíope apaciguaba la espera. Una llamada telefónica se presentó durante la espera. Era Nuria, una barcelonesa que después de finalizar una relación sentimental había decidido recorrer África de forma solitaria. Nuria era la única extranjera en un hotel céntrico de la ciudad que en estos momentos se encontraba rodeada de disparos. El propietario del hotel le había aconsejado no moverse, pero ella buscaba españoles con los que compartir su inseguridad.

Las embajadas de los turistas suizos y belgas ya se habían puesto en contacto con sus compatriotas, así que llegó la hora de comunicarse con la embajada española para indicar que había algunos españoles en la ciudad.

En algunos casos he tenido que ponerme en contacto con las embajadas españolas en el extranjero y lo cierto es que nos falta mucho por mejorar. Posiblemente la razón de su ineficacia es que están orientadas a objetivos comerciales y la atención al viajero no forma parte de su actividad principal. Lo único que se salva de esta vetusta administración es su personal. En la mayoría de los casos de una extraordinaria empatía y profesionalidad.

Era sábado y Carmen respondía al número de emergencias de la embajada española en Etiopía. El embajador al parecer estaba de vacaciones en Tanzania y por supuesto la situación no era lo suficientemente preocupante para interrumpir sus días de playa. Quizás alguno de vosotros haya seguido la recomendación de rellenar el registro de viajeros del Ministerio de Exteriores, pués bien, la próxima vez, os podéis ahorrar el trámite. En caso de desastre natural o conflicto armado nadie va a saber donde estáis. Carmen era una mujer realmente preocupada por la situación, pero carecía de cualquier información útil en ese momento. De esas conversaciones, una frase sigo recordándola a día de hoy: “que no salga nadie del hostel, ya es tarde”.

El café arábigo no alimentaba demasiado y al empezar la tarde había llegado el momento de salir a buscar comida. Reunidos un pequeño grupo de viajeros la opción más fácil fue dirigirnos al Desert Lodge. Un buen restaurante a orillas del lago Tana muy útil para descansar de la monótona comida local. Por desgracia, el restaurante estaba cerrado, todos los trabajadores habían participado en la huelga. Así, que de forma desesperada, ese grupo de foráneos paseaba por la avenida contigua al lago en busca de un puñado de arroz que echarse a la boca.

La avenida que el día anterior se encontraba sumida en un enorme caos vial, se mostraba en esos momentos desértica. Grupos de ciudadanos caminaban lentamente por el centro del asfalto, solo molestados por las innumerables ambulancias que circulaban en ambas direcciones haciendo sonar sus estruendosas sirenas. Alguna furgoneta repleta de soldados, a gran velocidad rompía la monotonía del trasiego y en las aceras, de vez en cuando, aparecía un trío de mujeres a llanto roto corriendo desesperadas detrás de las ambulancias. Una cafetería resultó abierta y la fermentada injera sació nuestro hambre.

Al llegar la noche las noticias de lo sucedido iban llegando. La ciudad estaba en sitio. Las carreteras y el aeropuerto estaban cerrados y el ejército impedía la salida de cualquier vehículo de la ciudad. Se decía que los israelíes habían aparecido con un helicóptero y evacuado a siete de sus paisanos desde la terraza de su hotel. Por supuesto, no pensaba que mi querida Carmen iba a preparar un rescate parecido.

Pasadas las nueve de la noche me ofrecí voluntario junto a un joven suizo a volver a la cafetería en busca de comida. Las calles estaban oscuras y silenciosas. Al llegar la puerta estaba cerrada. Tras un buen empujón la puerta cedió. Dentro a media luz, decenas de miradas atemorizadas no dejaban de observar.

«Kai, es mejor pedir y esperar fuera», le comenté al helvético. Sabíamos que el ejército estaba entrando durante la noche en las casas en busca de los principales líderes de  la protesta y en esas mesas redondas y bajo esas miradas perdidas, todo hacía apuntar que no era una reunión para jugar a cartas. Temía que los soldados entrasen a fuego sin voluntad de diferenciar entre la procedencia de los allí presentes.

Al regresar al hostel entre lágrimas una mujer me susurró  «Abebe ha muerto». La noche anterior había visto sonreír a ese chico. Era un joven más africano atrapado en un triste destino. En estos casos, las miradas ocupan el espacio de las palabras. Al día siguiente la ciudad seguía cerrada. La circulación de vehículos continuaba prohibida y solo algunos niños correteaban sin preocupación por las calles más cercanas. Por fin, el tercer día se reabrió el aeropuerto. Un taxista de confianza que enseñaba orgullosamente una pistola para demostrarnos que su coche era seguro, nos traslado entre medio de controles policiales a un aeropuerto lleno de extranjero buscando una correcta huída.

El 7 de Agosto de 2016, cuarenta personas murieron por disparos en la localidad de Bahir Dar, pero ningún diario europeo comentó la noticia en sus primeras páginas. Abebe murió en el silencio de una historia oscura de ese gran país africano.

Abebe

Abebe

Muerto el 7 de Agosto de 2016

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